Inteligencia artificial: ¿tutor o asistente?
La pregunta no es menor: según el
lugar que le otorguemos, la inteligencia artificial puede convertirse en una
guía que condiciona nuestras decisiones o en una herramienta que amplía nuestra
capacidad de análisis. Por eso, antes de incorporarla de manera automática, necesitamos
definir con qué criterios, valores y responsabilidades vamos a utilizarla.
Parto de la premisa que nos ofrece
la etimología: tutor proviene del latín tutor o tutoris, y significa defensor,
protector o guardián. En cambio, asistente remite a la idea de auxiliar o
ayudante. Esta diferencia no es sólo lingüística; también orienta el modo en
que decidimos relacionarnos con la inteligencia artificial.
Entorno, propósito y toma de decisiones
Las variables del entorno juegan
un papel preponderante al momento de tomar decisiones. A ello se suma una
dimensión más profunda: reconocer si estamos conectados con nuestra intención
de vida o, por el contrario, desconectados del sentido que orienta nuestras
acciones.
Cuando esa conexión se debilita, pueden aparecer señales como:
- Pérdida de motivación;
- Falta de claridad en los propósitos;
- Dificultad para sostener decisiones en contextos complejos;
- Mayor exposición a situaciones de crisis.
Muchas veces enfrentamos situaciones desconocidas; otras, situaciones conocidas que se vuelven difíciles de contener por las condiciones de tiempo y espacio. Esto no sólo impacta en las funciones y tareas diarias, sino también en la frecuencia, complejidad y volumen del material que debemos desarrollar, junto con muchas otras variables que seguramente intervienen.
A partir de allí surgen preguntas
necesarias: ¿qué tan conscientes somos al utilizar la IA? ¿Estamos capacitados
para curar contenidos? ¿Qué tipo de inteligencia debemos tener presente en su
utilización? ¿La supervisión que realizamos en el diseño de respuestas incorpora
pensamiento académico? ¿Los prompts que diseñamos son adecuados para optimizar planes
de acción? Y así podríamos seguir formulando muchas preguntas más.
En este sentido, mi reflexión se
centra en preguntarnos si somos conscientes de aplicar, también en el uso de la
IA, las virtudes cardinales que desarrollé en la publicación “El silencio que
comunica”: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. También profundizo estos
temas en mi último libro, “Aprender a conectar”. La cuestión de fondo es
comprender el impacto que se genera, a corto y largo plazo, cuando
automatizamos el uso de la IA sin cualificar sus resultados: no sólo en
relación con los objetivos que buscamos alcanzar, sino también con los procesos
y con la cultura de la organización.
Para cerrar esta reflexión, la
pregunta sigue abierta: ¿vamos a permitir que la IA ocupe el lugar de tutor o
vamos a asumirla como asistente?
Para otorgarle a la IA el lugar
de asistente, debemos cultivar nuevos criterios dentro de la organización y
honrar, como líderes, valores como la humildad, la integridad, la ética y la innovación.
En definitiva, se trata de proteger los objetivos personales y organizacionales,
pero también de preservar el criterio humano que debe orientar cada decisión.


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