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Inteligencia Artificial en las Organizaciones ¿tutor o asistente estratégico?

 


La pregunta no es menor: según el lugar que le otorguemos, la inteligencia artificial puede convertirse en una guía que condiciona nuestras decisiones o en una herramienta que amplía nuestra capacidad de análisis. Por eso, antes de incorporarla de manera automática, necesitamos definir con qué criterios, valores y responsabilidades vamos a utilizarla.

Parto de la premisa que nos ofrece la etimología: tutor proviene del latín tutor o tutoris, y significa defensor, protector o guardián. En cambio, asistente remite a la idea de auxiliar o ayudante. Esta diferencia no es sólo lingüística; también orienta el modo en que decidimos relacionarnos con la inteligencia artificial.





Entorno, propósito y toma de decisiones

Las variables del entorno juegan un papel preponderante al momento de tomar decisiones. A ello se suma una dimensión más profunda: reconocer si estamos conectados con nuestra intención de vida o, por el contrario, desconectados del sentido que orienta nuestras acciones.

Cuando esa conexión se debilita, pueden aparecer señales como:

  • Pérdida de motivación;
  • Falta de claridad en los propósitos;
  • Dificultad para sostener decisiones en contextos complejos;
  • Mayor exposición a situaciones de crisis.

Muchas veces enfrentamos situaciones desconocidas; otras, situaciones conocidas que se vuelven difíciles de contener por las condiciones de tiempo y espacio. Esto no sólo impacta en las funciones y tareas diarias, sino también en la frecuencia, complejidad y volumen del material que debemos desarrollar, junto con muchas otras variables que seguramente intervienen.


Imagen elegida desde Pinterest.

A partir de allí surgen preguntas necesarias: ¿qué tan conscientes somos al utilizar la IA? ¿Estamos capacitados para curar contenidos? ¿Qué tipo de inteligencia debemos tener presente en su utilización? ¿La supervisión que realizamos en el diseño de respuestas incorpora pensamiento académico? ¿Los prompts que diseñamos son adecuados para optimizar planes de acción? Y así podríamos seguir formulando muchas preguntas más.

En este sentido, mi reflexión se centra en preguntarnos si somos conscientes de aplicar, también en el uso de la IA, las virtudes cardinales que desarrollé en la publicación “El silencio que comunica”: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. También profundizo estos temas en mi último libro, “Aprender a conectar”. La cuestión de fondo es comprender el impacto que se genera, a corto y largo plazo, cuando automatizamos el uso de la IA sin cualificar sus resultados: no sólo en relación con los objetivos que buscamos alcanzar, sino también con los procesos y con la cultura de la organización.

Para cerrar esta reflexión, la pregunta sigue abierta: ¿vamos a permitir que la IA ocupe el lugar de tutor o vamos a asumirla como asistente?

Para otorgarle a la IA el lugar de asistente, debemos cultivar nuevos criterios dentro de la organización y honrar, como líderes, valores como la humildad, la integridad, la ética y la innovación. En definitiva, se trata de proteger los objetivos personales y organizacionales, pero también de preservar el criterio humano que debe orientar cada decisión.














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