La pasión no es solamente aquello que nos gusta hacer; es una señal profunda de identidad, una energía interior que orienta nuestras decisiones, revela nuestra matriz natural y nos permite comprender quiénes somos frente a los cambios del mundo actual.
La brújula interna para liderar nuestro propósito
Escribir temas técnicos relacionados a la comunicación
me introdujo en una profunda reflexión sobre cómo interpretamos lo real y orientamos nuestro
Norte.
Por tal motivo, toda persona
transita por la vida dejando huellas en sus elecciones que fueron antemano una decisión
a través de la interpretación.
Algunas elecciones se manifiestan
en lo que se estudia, otras en el trabajo que acepta, en los vínculos que
construye, en los proyectos que sostiene o abandona y, sobre todo, en aquello
que decidimos cuidar con el tiempo, con la atención y con nuestra energía.
De por medio, se envuelve cierta confusión entre las huellas de las elecciones y la dimensión reveladora del Ser.
Desde esta perspectiva, la pasión puede comprenderse como una dimensión reveladora del ser: no se reduce a un impulso emocional, sino que expresa una orientación profunda de la identidad.
Decir “Dime qué te apasiona... ¡Y te diré quién eres!” implica reconocer que como ser humano no nos definimos únicamente por lo que se declara o revela, sino por aquello que repetimos, sostenemos y perseguimos aun en medio de la adversidad.
Entonces, la pasión, cuando nace
de una matriz auténtica, actúa como un indicador de coherencia entre intención,
sentido y propósito.
Allí donde una persona invierte su esfuerzo de manera consciente aparece una pista sobre su propósito, su vocación y su modo particular de habitar el mundo.
Como síntesis en mi libro: Aprender
a Conectar explico claramente que para conectar se debe reconocer la
propia naturaleza para no vivir desde una identidad prestada. Cuando una
persona desconoce lo que la apasiona, corre el riesgo de no descubrir y de
responder a deseos ajenos, mandatos sociales o expectativas inducidas que
terminan configurando una trayectoria desalineada con la esencia natural.
La pasión debe ser
observada como una forma de autoconocimiento.
No se trata de idealizarla ni de confundirla con el entusiasmo pasajero. Para descubrir la pasión verdadera es necesario poseer continuidad, disciplina, aprendizaje y una disposición permanente a revisar nuestras decisiones, nuestras interpretaciones que deambulan de forma sistémica en nuestros actos.
En este sentido, apasionarse es
ingresar a nuestra matriz biológica, con mayor conciencia, encontrando en cada
acción una oportunidad para confirmar, rediseñar y deconstruir el camino
personal.
imagen tomada de mi libro: "Aprender a Conectar"
La pasión, entonces, funciona
como una brújula o timón interno. Nos ayuda a distinguir entre lo que hacemos
por costumbre por creencia o por razón; entre lo que repetimos por inercia y lo
que elegimos con sentido hacia una sinergia.
Allí donde aparece una pasión
auténtica también aparece una forma de liderazgo personal protagónico, porque
liderarse a uno mismo supone reconocer qué tipo de energía moviliza nuestras
decisiones y hacia qué horizonte deseamos conducirla.
Como síntesis, podremos decir que
conocer lo que nos apasiona es comenzar a leer nuestra chispa divina. Por eso,
la pasión se descubre a través de una señal ontológica: una manifestación de
nuestro ser real en movimiento.
¿Lograste reconocer que te apasiona y cuál es la relación directa con tu talento?
“Dime que te
apasiona... ¡y te diré quién eres! porque donde habita tu pasión también se revela
la dirección más auténtica de tu identidad.”





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